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REPORTAJE A CARLOS ULANOVSKY
“Los periodistas no debemos creernos unos elegidos”
Es comunicador desde que tenía 15 años, alumno en ese entonces del Colegio Nacional Mariano Moreno. Lleva cinco décadas en el oficio, como le gusta denominar a su trabajo. Es hombre de diario, radio y televisión, y un estudioso como muy pocos del periodismo de nuestra nación, con tres libros clave que lo demuestran.

Comprar el diario todos los días significa para una persona invertir unos 600 pesos al año. ¿Qué opina de eso?
Coincido con que es una inversión pero que, lamentablemente, no todos la pueden hacer y mucha gente que dejó de comprar los diarios se las tiene que arreglar con la radio que de alguna manera, de la mañana a la noche, lo mantiene informado. Los que no pueden comprar el diario tampoco pueden ir a tomar un café en los bares, donde también se ofrecen los diarios como servicio.
Alguna vez escribí que los diarios son como un blasón, un distintivo de una clase media pujante, ambiciosa, llena de sueños. A la gente le gustaba llevar el diario bajo el brazo hasta llegar de vuelta a la casa. Fue el símbolo de un país de lectores. Cuando yo vivía en México, me encontraba con hondureños, nicaragüenses y con los mismos mexicanos que me decían: aprendimos a leer con ustedes. Ese país sumamente alfabetizado, que aprendimos a leer desde temprano. Me preguntaban por el Billiken o El Gráfico y cada uno, intelectuales o no, tenía una historia guardada relacionada con libros que habían llegado desde la Argentina, donde la industria editorial era muy fuerte. Pero, lamentablemente, también eso se fue perdiendo.
Humberto Eco dice que “en 30 años hubo tantas noticias como en los cinco mil años anteriores”. También Eco dice que “el bombardeo informativo no es inofensivo”. ¿Cómo lo interpreta?
Tal vez lo que dijo es que “el que sabe todo no sabe nada”. Estamos, también, tan expuestos a una enorme cantidad de información, que finalmente lo que terminamos sabiendo es muy poco y dependerá de cada uno, de las inquie-tudes, del tiempo, de la inteligencia y de los recursos de cada uno, como para especializarse o interesarse, mínima-mente, en algo. Yo, lamentablemente, no terminé mi carrera universitaria pero desde muy joven me interesé por el tema de los medios. Saber quién trabajaba y quien no en los distintos medios.
¿Fue algo innato o influyeron desde la familia?
No, en mi familia biológica no. En mi casa no había muchos libros pero sí muchas revistas y el diario El Mundo, que se leían.
¿Usted cree que el periodismo escrito sigue siendo el más confiable?
Yo creo que es el más seguro, porque finalmente es del que queda registro. No hay fe de erratas, radial o televisiva y si esto ocurriera ocuparían una importantísima parte de la programación.
¿Hay otro motivo para creer que es confiable?
Yo creo que durante años la gente tuvo, en un rincón del corazón, un diario preferido y a ese diario le otorgó credibilidad y no hay nada más valioso en el periodismo que la credibilidad. El día que perdiste la credibilidad, perdiste el 80 por ciento de lo que eres como periodista. La gente sigue marcas de diarios y sigue periodistas, en la medida que le resultan creíbles, pero esta crisis de confianza que lastima al mundo, porque esto no es solamente argentino, es mundial, también llega al periodismo. Cuando empezaron las asambleas populares en el 2001, había menciones descalificantes en relación a los medios.
Según una encuesta de Nueva Mayoría, publicada en La Nación, los medios están primeros de nuevo en la credibilidad.
Lo peor que podríamos hacer es creernos eso. Creo que debemos hacer un gran esfuerzo para no caer en el recurso fácil de creernos que somos los elegidos. Me parece que los perio-distas tenemos que ser los mejores en buscar y obtener información y en encontrar la manera de procesarla y de transmitirla. Pero me parece que en los últimos años hemos caído en la singularidad de creernos que somos estrellas y esto está muy mal, es muy riesgoso porque no somos estre-llas, somos personas del común que desarrollamos una habilidad que nos permite interpretar, escribir, informar. Yo no lo llamo profesión, lo llamo oficio porque como mi viejo que fue carpintero y vivió toda su vida de hacer muebles es como yo que vivo haciendo esto que es escribir. Cuando no vivía acá y buscaba trabajo para sobrevivir me dijeron: ¿qué sabe hacer? Y yo contesté: soy periodista. Me hicieron sentar frente a una máquina de escribir y pude demostrarlo y viví de esto, siempre.
¿Qué futuro le ve a los diarios de papel?
Los diarios en papel van a sobrevivir. Me parece que es un formato de características nobles y únicas. Me parece que van a sobrevivir. Yo debo confesar que desde hace muy poco tiempo comencé a usar los buscadores de Internet, sigo prefiriendo el libro, el registro de los archivos. Hace poco me mudé y tuve que reducir espacios, entonces doné mis archivos a la escuela de periodismo TEA porque me parece que está bien que esas cosas que yo fui cortando, de acuerdo a mis intereses, estén en algún lado. Yo creo en el papel, en el registro y me doy cuenta, por mi trabajo en radio, que la Internet es palabra sagrada para los productores, indiscutida. ¿Qué riesgos tiene eso? El riesgo es que la persona que los utiliza, sin demasiados conocimientos caiga en algún errores.
¿Hay muchos errores en Internet?
Los materiales de Google, que no los archiva nadie, es una red a la que concurren millones de informantes, sin que nadie los organice y sin que nadie les dé una jerarquía. Entonces el chico que se pone en contacto por primera vez cree que todo es verdad.
Usted llama a Internet la nueva verdad rebelada.
Sí, lo escribí en una nota que surgió por un sitio que se llama: elrincondelvago.com. Es para los chicos que estudian y a mí me impresionó muchísimo y por eso hice la nota, pero no aclaré lo del sitio para no quedar como los que piensan que “todo tiempo pasado fue mejor”. Yo no viví un mejor tiempo pasado y nosotros, además, teníamos el Larousse. Pero tenemos que reconocer que hay una cultura del zafar, de pasar de año como sea.
El rector de la UBA, Jaim Etcheverri dice que la escuela ha pasado a ser un lugar de entretenimiento y no de exigencia.
Bueno, la nota que escribí se llama ¡Llegó el entretenimiento y sonamos!. Yo padecí todo esto porque fui docente, primero en la Carrera de Comunicación de la UBA y luego salí para fundar TEA, donde estuve hasta 1996. Allí trabajé diez años y todos los fines de semana me llevaba mucho trabajo para corregir en mi casa. Cuando sos un profesor exigente, por así decirlo a cara de perro, los pibes te miran mal, dicen que tenés mala honda. Pero cuando te hacés cómplice y te ponés al nivel de ellos para tratar de entenderlos, sos bárbaro.
Si fueras dueño o editor de un medio gráfico, ¿tendrías una fórmula para atraer a los que nunca leyeron un diario?
Tengo entendido que estas cosas se hacen pensadas, al punto tal que me he asombrado con cifras de que en los últimos 10 años se escribe el 30 por ciento menos y que esa cifra fue re-legada a favor del diseño, del blanco, de la fotografía, de lo visual.
Por otra parte, yo trabajo en radio y veo que una gran parte del volumen informativo está sometido al de la televisión. Eso es un error gravísimo porque están matando la identidad de la radio. También veo que muchas secciones en los diarios renuncian a su identidad y se mimetizan con la fuente. Se publica demasiada información de televisión, también de fútbol y no sé si ese es el modo. Por qué no sacar una revista para esos temas, de hecho ya hay un diario para el deporte, como Olé, que es muy bueno y a mí me gusta verlo todos los días. Cada tanto los diarios hacen algo que coincide con las necesidades de la gente. Una sección que me parecería muy útil en este momento sería la de defensa de los consumidores, en un momento que vuelve la inflación y no se hace.
Una alternativa que se busca es llegar a los no lectores a través de los diarios gratuitos. En España y en Estados Unidos se publican muchos de esos diarios.
Así como la gente que dejó de comprar el diario encuentra una mínima reparación en la radio, si tiene Internet los puede leer en ese medio y está bien que también tenga un diario gratuito. Pero yo siento que son como subdiarios, de menor calidad.
Como hombre de radio, ¿este caos del dial se da en otra parte del mundo?
La cantidad de frecuencias sí se da, lo que no se da es el caos. Debe haber alguien que regule.
Hace veinte años que no se regula nada. Es probable que esa sea la causa.
Yo fui director, durante un año y medio, de la Radio de la Ciudad y de la Dos por Cuatro, radio de tango. Ahí me pude enterar de cómo están las cosas. Casi nos decían lo siguiente: quieren la 570 –nosotros pedíamos la AM 570- pónganse la 570. Nosotros no podemos adueñarnos así porque somos una radio oficial. Pero ese es el consejo y de hecho centenares de radios AM deben estar funcionando de ese modo y de las FM, muchas más.
¿Cree que en la Argentina hay buen periodismo de opinión, no importa el medio?
Puede ser. A mí, particularmente no hay mucho que me interese en materia de opinadores. Me parece que son muy manipuladores todos, de derecha y de izquierda. No hay quien me represente. En ese momento hay un fenómeno central y del que se habla poquísimo y es del auspicio que reciben los periodistas. Yo creo que tenemos que hablar de ese tema, hay que imponerlo.
¿Será que falta autocrítica?
Más que nada falta de tiempo. Yo creo que antes uno tenía tiempo para reunirse con amigos, para almorzar con periodistas y caminando por Florida, por ejemplo, surgían las notas. Hoy parece que hay una urgencia de volverse rico. Ciertos modelos sirvieron como ejemplo. Yo creo que el modelo Neustadt ha hecho estragos, no en el sentido periodístico porque lo considero notable, sino de ese periodismo empresario que termina con un periodista que tiene más clientes que fuentes. Eso es tremendo para nosotros. Todos esos programas por cable tienen un rol de auspiciantes que de lo contrario no podrían hacerlos, porque ellos tienen que pagar el espacio. Cuando hablo con amigos que respeto, ellos dicen “no me causa ningún problema”, pero a mí me parece que sí causa problemas al momento de informar. No se si va a pasar mucho tiempo hasta que ocurra en la gráfica.
Todavía está a salvo.
Por el momento nos estamos salvando, pero como vos bien sabés, la mayor parte de las empresas están manejadas no por el área de redacción sino por el área de finanzas, entonces cuánto tiempo pasará para que uno llegue a una redacción y le pregunten: usted ¿qué trae?
En su libro, Argentina como somos: trapitos al sol, usted des-taca la soberbia y la suspicacia permanente.
Sí, la sospecha.
¿Eso es lo que nos da mala imagen en el exterior?
Quizás es lo que genera nuestra estirpe de infelicidad, internamente hablando. No pienso en lo que le sucede a los extranjeros pensando en nosotros, sino el motivo por el cual no podemos realizarnos, siendo el país que somos. nunca estamos conformes con lo que tenemos. Quizás algún día nos pongan algo en el agua y comen-cemos a mirarnos mejor, a ser más indulgentes entre nosotros. Sólo nos gusta registrar los récords, para mal o para bien. Nos encanta figurar como el gran país cultural del continente, tenemos casi 900 espacios culturales que funcionan los fines de semana. ¿Qué me dice esa cifra? Si nos elevara sería fenómeno, pero es la cifra por la cifra misma y con todo es así.
La soberbia de nosotros se la atribuyo al terreno de grandeza, a la superficie de esta tierra que te ponías a mirarla y decías: esto no se termina nunca. A partir de eso aparecieron una cantidad de mitos que atravesaron el mundo, desde que si tirabas una piedra en esta tierra nacía una flor, hasta de que la guita estaba en los árboles. Así lo contaban por carta a sus paisanos los inmigrantes que llegaban a nuestro país. Gente que nunca había comido carne y se encontraba con los bifes argentinos se formó la idea de que esto no se acabaría nunca. El castigo ha sido enorme. Nos vemos muy limitados, con la idea de que como nos pasa esto a nosotros y sin poder resolverlo.
> PRECISIONES
Un diario: El País de Madrid
Un maestro: Enrique Raab
Un periodista argentino: Rogelio García Lupo
Un pensador: Ezequiel Martínez Estrada
La Argentina: un bien de todos
Un país a imitar: ninguno
Un libro: “El arte de amar” de Erich Fromm